2 de febrero de 2013

Premios Stella Awards

Los Stella Awards (Premios Stella) son los que se dan a personas que plantean ridículas y escandalosas demandas judiciales. Son llamados así por Stella Liebeck quien, en 1992, derramó una taza de café de McDonald's sobre su pierna, causándole quemaduras de tercer grado. Ella denunció a McDonald's y reclamó 2,9 millones de dólares por daños que fueron posteriormente reducidos por el juez a 640.000 $.

Los premios fueron objeto de un libro en 2005: The True Stella Awards: Honoring real cases of greedy opportunists, frivolous lawsuits, and the law run amok. Debido al elevado número de falsos Stella Awards circulando por internet, el autor del libro, Randy Cassingham, creó un website y un newsletter donde se discuten casos reales de escandalosas demandas judiciales.

(Wikipedia)


Por 

Regina Martínez Idarreta


En EEUU se entregan cada año unos premios de lo más curioso, los Stella Awards, que consisten en premiar la sentencia más absurda dictada por un juez. Se llaman así en honor a Stella Liebeck, una mujer que en 1992 consiguió que McDonalds le pagará casi tres millones de dólares después de que se quemara con el café que ella misma se derramó -accidentalmente, se entiende- en el pecho. A ella le debemos que en los vasos de cartón de las cadenas de restaurantes de comida rápida haya un letrerito que nos advierta de que el líquido que contienen puede quemar. Gracias a ella el mundo se ha llenado de cartelitos, avisos o señales de advertencia de forma que si nos ocurre un desgraciado accidente, ninguna gran compañía tendrá que hacerse cargo de nosotros. Sin embargo, ni todos los carteles, instrucciones y advertencias del mundo pueden con la estupidez humana y, cada año, los Stella Award se encargan de recordárnoslo.

Hay carritos para bebés que en sus instrucciones avisan de que antes de colocar el niño en ellos han de abrirse. Planchas que advierten de que antes de planchar la ropa hay que quitársela. Lavadoras que aconsejan no introducir personas en su interior. Ipods que indican que no son comestibles. Jabón para lavadora que explicita no ser válido para la higiene personal. Y así hasta los extremos más inimaginables...
Pensarán que es una tontería, se reirán, pero lo cierto es que si las compañías se ven obligadas a advertir de semejantes obviedades a sus clientes es, simplemente, porque prefieren curarse en salud. Porque la tontería, la estupidez y, sobre todo, la mala baba, abundan. Porque al igual que Stella Liebeck, que se llevó un buen pico por quemarse con un café que se le cayó a ella solita, hay mucha gente que siente que siempre hay alguien responsable de su estupidez, desidia o despiste. Y, tal y como demuestran los Stella Award, muchos jueces que lo ratifican.
El mensaje, básicamente, es que somos como pobres niños desamparados ante un mundo cruel y peligroso, en el que nunca tenemos responsabilidad o posibilidad de elegir. Somos simples víctimas de un destino que siempre está en manos de otros. Así, uno de los Stella Award de este año se ha concedido al juez que dio la razón a la familia de una chica que murió por un coma etílico el día de su 21 cumpleaños, que acusaba a sus amigos de ser los culpables del fallecimiento por no haberla disuadido de beber hasta la muerte. Esta estudiante de enfermeríaa estadounidense decidió celebrar su llegada a la edad en la que se puede beber legalmente en los EEUU bebiéndose hasta el agua de los floreros. La cosa, obviamente, se le fue de las manos con trágicas consecuencias.
Vale, sus amigos deberían haberse dado cuenta del estado en el que estaba. Podrían haberle dicho que no se pasara y todas esas cosas que se piensan luego. Lo que pasa es que seguramente ellos estaban casi tan borrachos como ella, con la diferencia de que, por mil circunstancias, esta chica murió aquella noche, cuando lo normal hubiera sido sufrir una horrible resaca al día siguiente y una mala conciencia borrosa. No fue así: murió. Pero lo cierto es que nadie la obligó a beber. Precisamente porque cumplía 21 años se la consideraba lo suficientemente responsable para consumir alcohol. Para asumir las consecuencias de beber alcohol. Hasta cierto punto es comprensible que su familia no quisiera asimilar que su hija había sido tan idiota de morir de una forma tan absurda. Pero la decisión del juez no sólo es incomprensible sino que, como todos los Stella Award, abunda en un peligroso mensaje: la mayoría de edad es una falacia, ya nunca somos responsable de nuestras decisiones y siempre hay un culpable de nuestras desgracias que, obviamente, nunca somos nosotros mismos.
Algo parecido pasa con esas personas que denuncian a las tabaqueleras. Ahora ya no puede hacerse porque, como todos sabemos, las cajetillas de tabaco vienen con la consabida leyenda que nos avisa de todos los males que produce fumar. Pasemos por alto el escaso efecto real de los avisos y las verdaderas motivaciones del descenso del número de fumadores -que tiene más que ver con cuestiones económicas, de imagen, de accesibilidad, etc.- No me digan que con o sin aviso, la gente siempre ha sabido que fumar, cuanto menos, es perjudicial para la salud. Hace años que se conocen los problemas para la salud que causa. Sin embargo, cuando lo que intuimos que puede pasar se materializa en un cáncer, resulta más fácil aliviar nuestra conciencia diciéndonos que la culpa fue de quienes no nos avisaron explícitamente de lo que podría pasarnos. Y, además, cualquier desgracia se soporta mejor con la cartera llena, ¿no?
Así pues, esta perversa mezcla de intereses económicos y maligna puerilidad vital está convirtiendo al mundo en una especie de patio de colegio inmenso, vigilado por un implacable trabajador social capaz de ver mala idea y responsabilidades en cada esquina. La posibilidad de que existan accidentes, el libre albedrío, la buen fe de los demás, ha dejado de existir. Pero, por encima de todo, el sentido común y la lógica son los grandes damnificados de esta nueva cultura del siempre hay alguien detrás. Aunque quizás no. Porque viendo las enormes indemnizaciones que se lleva la gente por acusar a los demás de las desgracias más insospechadas, quizás el auténtico sentido común reside hoy en día en tropezar apostar con la cartera del de enfrente, rezar para que como mínimo nos rompamos una pierna y forrarnos después, acusándole de daños morales -por el susto de la caída, se entiende- y tentativa de homicidio.

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